• La literatura erótica de la Ilustración Española

    Victoria Galván González
    Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

    La relación entre erotismo y poesía es tal que puede decirse,
    sin afectación, que el primero es una poética corporal
    y que la segunda es una erótica verbal
    (O.Paz, La llama doble. Amor y erotismo).

    Cuando hablamos de la literatura del siglo XVIII en España de forma prejuiciada se piensa en determinados patrones genéricos asociados a los valores de la Ilustración, entendida ésta como la defensa del progreso, de la razón o de las diferentes conquistas del saber humano. En este sentido, entre los géneros prototípicos se hallarían la novela pedagógica, la comedia burguesa o la poesía de la naturaleza o filosófica. Pero también en una rápida mirada al panorama literario de la centuria asoman la poesía de corte rococó, la comedia sentimental o un texto como Las Noches lúgubres. Lo cierto es que la literatura dieciochesca, en palabras de G. Carnero (1), está atravesada por dos caras: una marcada por la razón, y otra en penumbra, que mira al lado irracional. Desde esta perspectiva, la literatura de temática erótica se explicaría por la diversidad de territorios por los que transita la literatura del siglo XVIII, sin que ello signifique su adscripción concreta a alguno de los dos frentes aducidos por Carnero, para quien el siglo XVIII es complejo, rico, vivo y diverso. En la práctica se observan dos tendencias evidentes: la que trata la poesía de temática convencional, que oculta los más íntimos deseos bajo la apariencia del decoro, y la que aborda el tema amoroso en sus aspectos sexuales.
    Por tanto, esta complejidad incluye la poesía de temática erótico-sexual, ampliamente cultivada por autores bien conocidos, como Nicolás Fernández de Moratín, Juan Pablo Forner, Félix María de Samaniego, Iglesias de la Casa o Tomás de Iriarte, entre otros. Para ser precisos no puede hablarse de desatención por parte de la crítica, a la luz de la publicación de antologías (2), de obras concretas y de estudios individuales. En ellos se afirma la naturaleza marcadamente sexual, el énfasis puesto en la expresión de los más íntimos placeres y la apología de los goces prohibidos, junto a la presencia de una sensualidad levemente esbozada. Todo ello provocó la airada respuesta de M. Menéndez Pelayo (3), que lanzó sus anatemas por considerar este tipo de literatura una mancha y una afrenta para aquel siglo. Esta reacción parece excesiva toda vez que se trata de una producción difundida por vía manuscrita y secreta, que se desarrollaría en espacios particulares, tales como salones o tertulias. En cualquier caso, los estudios realizados hasta el presente apuntan hacia una circulación en ámbitos restringidos, sin obviar la recurrente presencia de esta temática en el marco de la literatura popular. Al respecto, Mario di Pinto (4) hablaba de lo "obsceno burgués" para referirse a un código individualizado, alternativo en la lengua y en la literatura, que por primera vez transgredía las pautas de conducta y la norma lingüística vigentes. Aunque habla de una transgresión social, no desde una dimensión lingüística. Subraya el mismo crítico que se trata de una literatura espejo de los cambios sociales en el plano de las costumbres morales y cívicas en virtud de las transformaciones ideológicas ocurridas en la sociedad española del Setecientos.
    En conjunto, en un rápido recorrido por las creaciones más notables, se observa la exhibición de un rico muestrario de anécdotas o situaciones picantes de mayor a menor grado, en las que se propone la desmitificación de determinadas convenciones sociales, de la conducta femenina y masculina, de personajes mitológicos, de personas vinculadas al mundo religioso, del matrimonio. Todo ello presentado en clave burlesca con abundantes dosis de humorismo. Domina en estas composiciones un tono marcadamente desacralizador de las imposiciones y los rigores de la moral ortodoxa en materia sexual. La literatura de estas características desde los primitivos poetas griegos ha estado acompañada de elementos inmersos en el universo de la risa y el desenfado con la pretensión de hacer ostentación sin conciencia de culpa de todas aquellas pulsiones que afectan al género humano.
    Entre otros ejemplos que podemos traer a colación, en el poema "Acteón y Diana", de José Antonio Porcel (1715-1794), se reproducen todos los tópicos propios de la desmitificación de historias mitológicas, que desde el Renacimiento llevaran a cabo Diego Hurtado de Mendoza, Quevedo en La Fortuna con seso y la hora de todos o la propia poesía del siglo XVIII. El tema propuesto aquí hunde sus raíces en la Metamorfosis ovidiana, referente obligado en la literatura erótica, que incluye también otros textos del autor. Esta fábula será recreada por autores como Cristóbal de Castillejo o Mira de Amescua. Como se sabe, la Academia del Trípode en la primera mitad del siglo XVIII abordará en sus creaciones la mitología clásica, en la estela gongorina y garcilacista. El propio Porcel es conocido por su extenso poema el Adonis. En consecuencia, el hecho preciso de escoger un tema mitológico clásico en versión erótica (notables son los casos de pinturas de estilo rococó en esta línea, como Boucher o Watteau, entre otros) no haría más que abundar en la concepción imitativa de la poesía española dieciochesca, tanto en la etapa de pervivencia del gusto barroco, como en las directrices marcadas por el Neoclasicismo. Es éste un aspecto insoslayable a la hora de situar la poesía de temática erótica en el contexto de la literatura de su tiempo, dada la presencia de otras posibles influencias, como la tradición clásica o la literatura francesa, italiana e inglesa, bien conocidas estas últimas en la España del XVIII.
    El poema aprovecha la temática ovidiana para subrayar los aspectos más picantes del descubrimiento de Diana desnuda por parte de Acteón, quien sufre el castigo de la casta diosa al transformarse en "cornudo venado" y ser despedazado por sus perros. El poeta al reescribirla ofrece una versión más realista y desenfadada de los hechos a partir de los datos que se desprenden de la tradición mitológica de la fábula. No se separa en ningún momento de las funciones asignadas a Diana y a Acteón y de las líneas centrales de la historia. Pero propone datos contrarios al afirmar que Diana es "hija de Jove (un borracho)" o al poner en boca de Acteón estos versos (5):
    "Vanos son esos trabajos,
    ninfas", dice; "no gritéis,
    ni vuestros tiples me alcéis,
    que yo busco vuestros bajos.
    "Mi brazo es de todas mangas,
    por feas no os aflijáis,
    que yo porque lo sepáis,
    también suelo cazar gangas.
    "Porque vea, no hayas pena,
    Diana, tus cuartos menguantes,
    Que mis cuartos son bastantes
    Para hacerle luna llena.
    No debe olvidarse que estamos en el ámbito genérico de la fábula burlesca, en la que prima la voluntad de rebajar y disminuir el modelo. En palabras de G. Genette (6), se trata del procedimiento conocido como travestimiento burlesco, de dilatado cultivo en las letras europeas, en el que se reescribe un texto noble, manteniendo su acción, pero aplicándole una elocución diferente; es decir, un estilo más coloquial o vulgar y sustituyendo los detalles más serios por otros más cercanos, familiares y modernos. En definitiva, el resultado textual se naturaliza y actualiza. Aquí puede verse cómo se introducen detalles ausentes del texto original, como los citados en los versos precedentes. Podría afirmarse que similar proceso se hace extensivo a otros poemas de diferente temática dentro del marco de la literatura erótica, en los que la voz del poeta recorre todas las posibilidades del tópico "el mundo al revés" desde la perspectiva de los géneros serios.
    En la línea habitual de la modalidad de la fábula, el texto concluye con la consabida moraleja, que aquí se reviste de una pátina sexual y misógina, como rezan los versos siguientes:
    "Acteón escarmientos os procura;
    que a una casta deidad (si ennoblecidos
    Deben los riesgos ser apetecidos)
    Dio un sentido, y ya llora su locura.
    "Sólo en la vista tuvo su delicia,
    Y se vio, cual lo ves, muerto, deshecho,
    Bruto y con astas; pero no lo dudo,
    "Pues cualquiera mujer que se codicia
    (Sea la mejor), lo deja a un hombre hecho
    Un pobre, un bruto, y lo peor cornudo" (págs. 34-35).
    Otro poeta posterior, Juan Bautista Arriaza (1770-1837) también cultiva la temática mitológica en "Transformaciones de Venus", en el que ofrece un recorrido por las varias y múltiples caras de la diosa (Venus niña, Venus fina, Venus turgente, Venus primitiva, Venus constante, Venus voltaria, Venus sensible, Venus nocturna, Venus bonita, Venus pareja, Venus picante, Venus gentil, -"¡quien no aplaude a Venus chinga!- y Venus divina) con función adoctrinadora para la juventud. Aquí la cambiante naturaleza de la divinidad ha de servir de ejemplo, porque como aclara hacia el final la voz de Vulcano:
    ...en mil maneras
    es grata la juventud,
    mas sus gracias son quimeras,
    sin llevar por compañeras
    la modestia y la virtud" (pág. 127).
    Estos dos ejemplos se incardinan en las prácticas habituales de la literatura dieciochesca: renovación de la lírica de acuerdo con los patrones literarios clásicos; la vinculación de la poesía a la defensa de la verdad y la corrección moral. La literatura, aunque se sitúe en el plano de la burla y la inversión o subversión de modelos, persigue, en última instancia, la reconducción hacia el horizonte de la virtud y la prevención de los errores en materia amorosa en una suerte de "reprobatio amoris" moderna. Con respecto al tratamiento de la mitología pueden aducirse otros varios ejemplos literarios como los conocidos versos de Félix María Samaniego.
    Por otra parte, la diosa Venus inspira otra clase de poemas, más cercanos a la vida cotidiana e inmediata, lejos del Olimpo de los dioses paganos. El retrato femenino, motivo recurrente en la poesía amorosa, constituye un aspecto tangencial o el núcleo central de ciertos poemas, en los que se advierte la complacencia en la percepción visual de las distintas partes del cuerpo, con especial énfasis en las fantasías que provoca en el espectador masculino. La mujer se convierte en incitadora de los deseos del ojo que la disecciona. Se nos muestra el cuerpo femenino de forma fragmentaria, al igual que sucede desde la poesía de signo petrarquista, pero aquí sin los límites y obstáculos que marcan el decoro y el pudor. Se trata, de nuevo, de una inversión de los retratos al uso en la poesía seria o de tono más solemne. Así en un texto anónimo, reproducido en la antología citada, titulado "Perfecciones que debe tener una mujer", se lee:
    Estrecha la boquita y la cintura
    Estrecho el canalón de la dulzura,
    Lo más oculto y menos ignorado,
    Mas no quiero nombrarlo, que es pecado.
    Los muslos carnositos, gordo el cuello,
    Y palpadito sea también aquello
    que es la boca de aquella que, aunque casta,
    Más que madre de Venus, es madrastra (pág. 17).
    Finaliza el poema con unos versos poco halagüeños para el conjunto del sexo femenino toda vez que hermosura semejante "como el fénix, se ha de llamar rara" (pág. 18).
    No conviene olvidar que estamos ante un tipo de literatura "machista", aspecto subrayado por E. Palacios Fernández cuando analiza El Jardín de Venus de Samaniego. Actúa, tanto aquí como en otros textos poéticos, un factor de disminución y de degradación de un motivo objeto de veneración, la belleza femenina, en buena parte de la poesía amorosa en versión seria, aunque esta aseveración pueda matizarse. Se advierte que la pretendida liberación que entraña la literatura erótico-sexual, al presentar una mayor proximidad y familiaridad con el cuerpo femenino, puede traducirse en una relación de desigualdad, similar a la observada en los patrones genéricos que transgrede. En ambos casos, el cuerpo de la mujer es aprehendido en términos de posesión y de idolatría desde una visión exclusivamente masculina. Asimismo, se advierte en el poema citado la exigencia de un canon de belleza determinado como requisito ineludible para que el sujeto femenino sea susceptible de ser amado y deseado. Por otra parte, sí se aprecia una subversión de los rasgos físicos inherentes a la lírica seria, que mantiene una posición de distanciamiento con respecto al cuerpo. En conclusión, el tratamiento de la mujer en estas composiciones eróticas ofrece un notorio afán por subrayar la incitación al placer masculino, como puede verse en otro poema de José Iglesias de la Casa (1748-1791), titulado "La reconciliación en octavas jocoserias, que ganaron el premio de poesía lúbrica en la Academia Venérea de Humanidades, establecida en el Parnaso a escondidas de las castas musas":
    Llevaba tan delgada vestidura,
    que casi estar desnuda parecía.
    La ágil cadera, el muslo, la cintura,
    Todo el lienzo sutil lo descubría.
    Dos hemisferios de gentil hechura,
    en que un rollizo globo se partía,
    Formaban tiernos y elevados bultos
    que no pudo el cendal tener ocultos.
    Arrebatado del impulso ardiente
    De la imaginación y los sentidos,
    Salió el joven gallardo, y de repente
    Con brazos amorosos y atrevidos
    Ciñó a la ninfa, señaló en su frente
    La estampa de los labios encendidos,
    Y el dulce fuego que alteró sus venas (págs. 65-66).
    Aunque en la mayoría de los casos es la belleza femenina el factor que estimula el deseo sexual, en algunos versos la fealdad también funciona con idéntico fin, como en esta composición de Tomás de Iriarte (7):
    Eres negra como un grajo
    Y más fea que el hambre,
    Pero tienes junto al culo
    Un gusto de azúcar cande.
    Me tendistes en el suelo
    Como si fuera una perra,
    Y con esos cojonazos
    Me lo llenaste de tierra.
    Otros motivos recurrentes bajo la égida venusina son la potencia sexual masculina y el deseo sexual femenino, vertidos en versos protagonizados por personajes variopintos: pastores, aldeanos, personajes del anacreontismo lírico, burgueses, nobles o caballeros galantes. Todo ello sazonado con buenas dosis de humorismo, con tono satírico o con la sensualidad más abierta y descarnada. Con respecto al hombre, abundan aquellos versos en torno a la exhibición del miembro viril y su tamaño, la persistente erección y, en consecuencia, la predisposición al acto sexual o a la masturbación. Tanto en estos motivos concretos, como en otros posibles, no se contempla la originalidad, pues pueden escudriñarse en la tradición erótica-sexual la continúa alusión a los atributos y a las habilidades masculinas. Se trata de asuntos que, a todas luces, han de reiterarse en la medida que se habla sobre lo innombrable, lo prohibido, lo oculto desde las esferas del decoro y la autocensura y de todo aquello que en materia sexual forma parte del imaginario popular. En palabras de M. Bajtin (8), la orientación hacia lo bajo es propia de la alegría popular y del realismo grotesco. Este descenso a la parte inferior del cuerpo siempre viene acompañado del exceso, la risa o la ridiculización, como puede advertirse en la mayoría de los poemas de esta naturaleza en cualquier época literaria.
    Entre los múltiples ejemplos al respecto, se hallan versos de El Jardín de Venus, de Félix María Samaniego, como los siguientes del poema "El país de afloja y aprieta":
    Ésta es la capital de Siempre-meta,
    País de afloja y aprieta,
    Donde de balde goza y se mantiene
    Todo el que a sus costumbres se conviene.
    -¡He aquí mi tierra!, dijo el viandante
    Luego que esto leyó, y en el instante
    Buscó y halló la puerta
    De par en par abierta.
    Por ella se coló precipitado
    Y viose rodeado,
    No de salvajes fieros,
    Sino de muchos jóvenes en cueros,
    con los aquéllos tiesos y fornidos,
    Armados de unos chuzos bien lucidos,
    Los cuales le agarraron
    Y a su gobernador le presentaron.
    Estaba el tal con un semblante adusto,
    como ellos, en pelota; era robusto
    Y en la erección continua que mostraba
    A todos los demás sobrepujaba.
    Luego que en su presencia
    Estuvo el viajero,
    Mandó le desnudasen, lo primero,
    Y que con diligencia
    Le mirasen las partes genitales,
    que hallaron de tamaño garrafales
    La verga estaba tiesa y consistente,
    pues como había visto tanta gente
    con el vigor que da Naturaleza,
    También el pobre enarboló su pieza (9).
    La obra del fabulista está salpicada de frecuentes alusiones a la erección del miembro viril y a escenas de sexo explícito, como por ejemplo, los "cuentos" titulados: "El cañamón", "El onanismo", "Los gozos de los elegidos", "Las entradas de tortuga", "Los nudos" o "Las bendiciones de aumento", entre otros. "El miembro incansable", anónimo, o "Lo que es y lo que será", de José Vargas Ponce, son otros textos en esta línea temática, que reproduce R. Reyes en su citada antología.
    Con respecto a la mujer, estas poesías ofrecen una amplia galería de mujeres: esposas insatisfechas o insinuantes, solteras atrevidas o púdicas, viudas ardientes, ataques a las mujeres ancianas, prostitutas o monjas lúbricas. En la medida en que los oponentes masculinos solicitan los favores sexuales de ellas, éstas corresponden desde la entrega inmediata hasta las múltiples facetas del cortejo y el juego amorosos, cuando no son ellas las que toman la iniciativa. En este sentido, se explotan las posibilidades de la respuesta sexual de la mujer, desde el rechazo hasta la incontinencia, en un plano de absoluta libertad, al margen de los constreñimientos y de las prohibiciones que se imponen a la sexualidad femenina. Operan aquí algunas ideas que circulan sobre el comportamiento sexual de la mujer promovidas por determinadas teorías o por el imaginario popular, cuales son el desenfreno y la eterna insatisfacción femenina. Al respecto, la medicina había difundido la necesidad biológica del placer en la mujer para una óptima procreación, afirmación que potenció la creencia en la voracidad femenina. Las autoridades religiosas y seculares ante el temor del libre ejercicio de la propia sexualidad impusieron límites muy estrictos para el sexo, siempre en el marco de la institución matrimonial con exigencias diferenciadas para ambos sexos. No debe obviarse, por otra parte, que en estas composiciones actúa la voluntad de atacar aquellos tabúes percibidos en los códigos literarios oficiales, en la literatura amorosa seria, como se advierte desde el Siglo de Oro en aquellas modalidades genéricas que subvierten el orden establecido con el recurso a la deformación grotesca, a la parodia o a la comicidad desmitificadora. De esta suerte, al abordar la intervención femenina se proyectan todos los mitos, positivos o negativos, que se han construido desde el inconsciente masculino. Por ejemplo, en el siguiente poema anónimo, extraído del Album de Príapo, se juega con el recurrente motivo de la voracidad femenina:
    LA MOZA BIEN TEMPLADA
    Caliente una mozuela cierto día,
    en tanto que su madre en misa estaba,
    Llena de miedo y de inquietud dudaba
    Si a su querido bien se lo daría.
    Por miedo si preñada quedaría
    Al mozuelo sus ansias no acordaba,
    Y lleno de pasión la consolaba
    Diciendo que al venir lo sacaría.
    Fueron tan poderosos los ataques
    que por fin consiguió verla en el suelo;
    Y ella dijo al venir de los zumaques:
    "¡qué dulce es la sustancia del ciruelo!
    Por tu vida, mi bien, que no lo saques
    Y más que llegue la barriga al cielo" (pág. 22).
    en relación con los roles asignados a hombres y a mujeres, aparece el tema del matrimonio, las relaciones prematrimoniales y, en general, todo lo relativo a las parejas. Desde aquí se ofrece una amplia gama de motivos, que recorren las varias circunstancias de los encuentros amorosos (ambiente sensual, retozos amorosos, momentos previos al encuentro sexual, sexo explícito, etc.). Hallamos parejas de enamorados que se entregan con fruición al placer, con las reticencias de las damas al sexo, con amores ocasionales, con matrimonios en los que la mujer solicita más ardor por parte del marido, que suele ser a veces un anciano, un impotente o un varón con atributos insuficientes, o el adulterio con un subtema frecuente cual es el de los cornudos. Valgan como ejemplo los siguientes versos de Tomás de Iriarte:
    Señor don Juan, quedito, que me enfado:
    Besar la mano es mucho atrevimiento;
    Abrazarme... no, don Juan, no lo consiento.
    Cosquillas... ay Juanito.... ¿y el pecado?
    Qué malos son los hombres...., mas, cuidado,
    que me parece, Juan, que pasos siento...,
    No es nadie..., pues despachemos un momento.
    ¡Ay, qué placer... tan dulce y regalado!
    Jesús, qué loca soy, quién lo creyera
    que con un hombre yo... siendo cristiana,
    mas que... de puro gusto... ¡ay... alma mía!
    ¡ay, qué vergüenza, vete... ¿y aún tienes gana?
    pues cuando tú lo pruebes otra vez...,
    Pero, Juanito, ¿volverás mañana? (pág. 77).

    como se afirmó más arriba, los protagonistas pertenecen a un espectro social amplio, popular y culto: personajes rústicos, urbanos, cortesanos, nobles o del ámbito mitológico. La variedad incluye, asimismo, la presencia del mundo eclesiástico, con frailes, curas, abadesas, monjas, novicias. Constituyen un apartado nada desdeñable en la mayoría de las antologías, abundante en el caso concreto de El Jardín de Venus de Félix María Samaniego, con la manifiesta intención de introducir la burla en el mundo clerical. Las raíces de esta temática pueden espigarse desde la Edad Media hasta la Edad Moderna. En palabras de E. Palacios Fernández, al analizar el libro de Samaniego:
    La connivencia entre damas y clérigos resulta explosiva, según el narrador: "¡Qué no discurren frailes y mujeres!". El estado religioso protagoniza la mayor parte de los episodios. Esto responde a una conocida tradición literaria, que a su vez refleja una realidad social largamente mantenida. Junto a clérigos de virtud acrisolada, la historia nos recuerda sucesos de eclesiásticos de reconocida incontinencia. Basta repasar el libro La lujuria del clero según los concilios para comprobar la antigua preocupación de la Iglesia por este motivo: curas que conviven con barraganas, obispos con queridas, arciprestes, como el de Hita, de vida alegre, frailes rijosos, y sobre todos, los procaces e incultos legos, más dados al servicio de Venus y a llenar copiosamente su andorga que a la atención del culto divino (pág. 18).
    en estas escenas se mezcla literatura y realidad, con el añadido de la nota anticlerical, de dilatada presencia en las letras hispanas. Cabe añadir los resortes del imaginario social (10) con respecto al clero en el propio siglo XVIII, de qué manera se percibe este estamento; esto es, un segmento social poseedor de privilegios, útiles socialmente, que ostenta ciertas compensaciones por su diferencia con respecto al mundo laico, por su renuncia a actividades satisfactorias, como la sexualidad, la riqueza o la diversión. Así cuando el imaginario piensa en el clérigo de vida reprobable lo presenta en una conducta apegada a los modos de vida seglar. Obvio resulta que semejante proceso de construcción imaginativa social sobre el clero persiste desde tiempos inmemoriales, convirtiéndose en una tendencia habitual en la literatura burlesca y cómica, como sucede en la poesía que comentamos.
    El erotismo más suave y refinado también hace acto de presencia en buena parte de la poesía seria o que discurre por los patrones del anacreontismo rococó, del bucolismo, con versos que rezuman una sensualidad más sutil, no ajena a la insinuación carnal. Estas razones de evidente ambigüedad taxonómica explican la inclusión en estas antologías de poemas abiertamente sexuales junto a otros más contenidos, aunque de similar efecto. Así se reproducen textos de Besos de Amor de Meléndez Valdés, el más acabado ejemplo de esta modalidad poética, o de otros creadores que secundan el anacreontismo. La atmósfera, los personajes, las situaciones, el léxico presentan escenas variadas en las que tras el ritual del cortejo y la galantería afloran los deseos más ocultos. No debe olvidarse que se define la poesía rococó (11) como una prolongación del mundo pastoril renacentista con el añadido del elemento sensual y erótico, en la línea de los pintores Watteau, Boucher o Fragonard. Se trata de una literatura animada del placer hedonista, sensual, ambientada en un contexto contemporáneo a partir de los lejanos versos lúdicos de Anacreonte.
    Mención aparte en la poesía erótico-sexual del siglo XVIII merece el Arte de las putas de Nicolás Fernández de Moratín, que circuló en forma manuscrita y fue prohibido por un decreto de la Inquisición en 1777. No se editó hasta 1898. Su hijo Leandro no lo menciona en la biografía que redactó sobre su padre. R. Menéndez Pelayo lo califica de esta manera: "una de las manifestaciones más claras, repugnantes y vergonzosas del virus antisocial y antihumano que hervía en las entrañas de la filosofía empírica y sensualista, de la moral utilitaria y de la teoría del placer" (12). para la crítica que se ha ocupado de este texto los ataques del erudito montañés resultan excesivos. En opinión de D. T. Gies (13), Moratín no fue tan heterodoxo al abordar la vida de las rameras madrileñas, pues recurre a los mismos planteamientos de los que hace gala en otras creaciones suyas supeditadas a las exigencias de ciertas reglas y normas. Por otra parte, I. M. Zavala (14) subraya la superposición a un género serio de otro oculto, que encubre transgresiones y licencias en la línea de Il puttanismo moderno con el novísimo parlatorio, Il puttanismo romano, o vero Conclave generale delle puttane della Corte, atribuido a Gregorio Leti, y le pornographe, novela de Restif de la Bretonne.
    En 1995 versos endecasílabos pareados en cuatro cantos el autor recorre los entresijos del Madrid nocturno al objeto de mostrar un arte de cazar putas pensado para los jóvenes de las clases acomodadas. De este modo, aparecen por el poema numerosas referencias al Madrid contemporáneo con la aparición de motivos frecuentes en otras obras del autor: el universo taurino, la mitología, el teatro español, el mundo de las actrices, la tradición literaria española y clásica (15) (Juvenal, Marcial, Ovidio, Catulo), la necesidad de reformas sociales o los peligros que conlleva la práctica del sexo ante la amenaza de la sífilis. Puede considerarse, pues, un ejemplo de literatura costumbrista y satírica por el retrato ajustado que de la vida cotidiana nos ofrece. Pretende, en último término, adoctrinar a los lectores en la misma medida que otras obras coetáneas, como se lee en el primer canto al calor de la invocación a Venus:
    [...] para que sepa el orbe con cuál arte
    Las gentes deberán solicitarte,
    Cuando entiendan que enseña la voz mía
    Tan gran ciencia como es la putería.
    Y tú, Dorisa, que mi amor constante
    Te dignaste escuchar, tal vez amante,
    Atiende ahora en versos atrevidos
    Cómo instruyo a los jóvenes perdidos,
    Y escucha las lecciones muy galanas
    Que doy a las famosas cortesanas (16).
    Declara que no es su intención escribir doctas palabras como tantos pedantes sobre enfermedades o lacras sociales. En este sentido, bajo la crítica de los tratados acerca de cualquier asunto en el siglo XVIII, propone el suyo propio sobre materia tan escabrosa, como ésta en versión paródica. E. Helman lo calificó de "tratado didáctico prosaico" (), que presentaría en la tertulia de la Fonda de San Sebastián como un texto digno de convertirse en arte. Todo el primer canto, con fidelidad a los cánones de las introducciones al uso, gira en torno a los fines y a los objetivos por los que escribe este particular tratado. En resumen, nos viene a decir que al ser la satisfacción del placer hecho inexcusable serían de utilidad ciertos conocimientos y consejos para gastar bien el dinero, evitar ciertas enfermedades y los posibles engaños, como rezan los versos siguientes:
    [...] Son mucho más leves
    mis delitos: no incito asolamientos,
    destrucciones ni muertes horrorosas:
    sólo facilitar las deleitosas
    complacencias de amor inexcusables
    por modos a ninguno imaginables
    solicito, y del arte meretricio
    pretendo por mi astucia y mi desvelo
    ser nuevo Tiphis y otro Maquiavelo (pág. 75).
    Sus palabras, en clara consonancia con el tono chusco y burlesco dominante en todo el poema, revelan críticas acerbas a la conducta hipócrita de la sociedad de su tiempo, aunque se rastreen idénticos motivos en autores modernos o clásicos, a los que sigue muy de cerca. Subraya que no cuenta nada que no se constate en la Naturaleza o en la historia. Parece que quiere enfatizar el carácter de retrato social y de respeto a sucesos verídicos o probables que tiene el libro, como se advierte en las diversiones cotidianas o en la nómina de prostitutas madrileñas que se pasean por el texto. En este horizonte de "realismo vulgar", le resultan incomprensibles la falsedad, las mentiras, los hurtos, la ingratitud y la tiranía que dominan la respetable sociedad, que más hace lo que no dice. A su juicio:
    ¡Ojalá que los hombres no forniquen,
    si esto es posible, mas si no hay remedio,
    ojalá que los vicios se limiten
    a éste sólo; perezcan los traidores
    alevosos, sin ley, y usurpadores
    y verá si pierde o gana el mundo!
    Mas el principio en que mi arte fundo
    ¿quién dirá que destruye lo que enseña? (pág. 77).
    Para evitar males mayores, y en armonía con buena parte de sus escritos, se dirige a la educación de los jóvenes, quienes deberían conocer su arte en el mismo grado que han de aprender otras disciplinas. Sus críticas son muy acertadas, si se considera que el joven se expone a otras materias no recomendables para la sana doctrina, como el aprendizaje de la mitología pagana o las cruentas guerras. ¿Por qué escandalizarse de lo que concierne al sexo y, por otra parte, no hacerlo ante lo que nos enseña la historia o la propia naturaleza? A todo ello responde Moratín, no sin sorna:
    Tu lujuria estos versos ha inspirado;
    Otros serios canté, no me escuchaste;
    Pues oye, que pensando deleitarte
    Doctrina beberás disimulada,
    O viciosa, pues pura no te agrada; (pág. 82).

    Para común utilidad escribo
    Por evitar absurdos mayormente.
    Cuando hoy abundan tantos metodistas
    De estudiar de curar los sabañones
    Y otras mil cosas, ¿ha de estar sin reglas,
    Sólo fiada en apurar las tradiciones,
    Tan gran ciencia como es la putería? (págs. 82-83).
    Los cantos restantes componen un ramillete de consejos y avisos varios para obtener utilidad de semejante comercio, con un interesante recorrido por las costumbres y las diversiones del Madrid contemporáneo.
    Llegados a este punto, cabe esbozar unas reflexiones acerca del cultivo de la literatura erótico-sexual del siglo XVIII en España. Si nos preguntamos por los rasgos distintivos de la misma, conviene matizar que cualquier asunto recreado puede fundamentarse en la tradición clásica greco-latina o hispana y en la literatura contemporánea extranjera, del mismo modo que acontece con otras parcelas de la poesía dieciochesca, tal y como la crítica ha informado en los casos de Samaniego o Moratín. La originalidad residiría, en cualquier caso, en las particularidades del lenguaje, del estilo, en el grado de perfeccionamiento en la actualización de las situaciones y anécdotas con ricas ambientaciones, ágiles diálogos, en la utilización de determinados metros o en la contextualización en la España de la época, como los versos que aluden a hábitos sociales como el "chichisbeo". Pero de ello, con toda probabilidad, se hallarían ejemplos en la literatura precedente o contemporánea.
    Quizá el debate sería más útil si se aborda desde la perspectiva de los cambios en la historia de las mentalidades o de las nuevas corrientes de pensamiento y de cómo estos factores actúan en los procesos creativos, dado que en la literatura que nos ocupa emerge una voluntad de satirizar y desmitificar ciertas convenciones sociales. En el primer caso, conocidas son las transformaciones en los hábitos sociales de la centuria con la penetración de modas francesas o italianas. Se habla de una mayor permisividad con la propagación del cortejo, el desprestigio del matrimonio, la preocupación por la diversión, la sustitución del recato por el despejo o la introducción de nuevas modas en el vestido, más proclives a descubrir el cuerpo, tal y como reproduce C. Martín Gaite (18) en su conocido ensayo sobre los usos amorosos en el siglo XVIII. La historia de la centuria arroja datos significativos sobre la evolución de las costumbres en la sociedad española.
    Con respecto a las corrientes del pensamiento (19), la bibliografía existente destaca la recepción en España del materialismo, el naturalismo, el deísmo y el libertinismo, herejías en boga durante el siglo XVIII. Obvio resulta que las diferentes propuestas teóricas revolucionan de manera palmaria la concepción del hombre o el origen del mundo, toda vez que el conocimiento ha de ser empírico, perdiendo terreno las teorizaciones aristotélicas. En relación con la dualidad carne-espíritu, se propone una supeditación a la materia en la línea de la tesis de Locke de que la materia puede pensar o de que la vida anímica depende del cuerpo, como sostiene La Mettrie. Las repercusiones en el plano de la moral se dejan notar de inmediato al enfatizar estas teorías la naturaleza del hombre y sus deseos de felicidad. Se trunca, asimismo, la idea tradicional de castigos y premios en la otra vida en función de las acciones particulares.
    Estas consideraciones encajan perfectamente con el tono dominante en las poesías hasta aquí comentadas. Cabría decir que se sujetan a una moral práctica, hedonista y egoísta, ajena al rigor y a la prohibición que se propagan desde la "antifilosofía ilustrada" (Cevallos o Calatayud) o desde las instancias del control, como la Inquisición (20). Se estableció, pues, una lucha dialéctica entre los círculos represivos del poder y los círculos de libertad de pensamiento, como las tertulias o los salones, en donde se leyeron estos libros. Conviene matizar que en un mismo autor coinciden obras aparentemente opuestas, como, por ejemplo, la escritura de un poema épico sobre Cortés y de otro sobre la materia putanesca, en el caso de Nicolás Fernández de Moratín. Pero estas diferencias se disipan un poco, si pensamos en la posición ideológica innovadora que vertebra sus producciones. En cualquier caso, las actitudes dentro del librepensamiento no son uniformes e, incluso, pueden armonizarse en un mismo autor posturas irreconciliables. No se explica de otro modo que puedan abrazarse teorías anticristianas, manteniendo al mismo tiempo incólume la fe.
    Por otra parte, la sexualidad en estos poemas se declara abiertamente no sólo por la elección del tono cómico-paródico, sino también por la posible necesidad de conocer y hacer públicos los secretos y lados ocultos de una colectividad, constatable por la creciente importancia del discurso médico-científico a partir del siglo XVII en Europa (tratados sobre las enfermedades venéreas, sobre la masturbación o sobre la sexualidad femenina) e incluso de la pastoral, que obliga a contar los mínimos detalles de los pecados nefandos, en la línea de lo que propone Foucault (21). Con lo cual esta literatura no haría más que secundar el afán de conocimiento inherente a la Ilustración, aunque en virtud de los mecanismos represivos deba circular por cauces restringidos y marginales.

    (1) G. Carnero, La cara oscura del Siglo de las Luces, Fundación Juan March y Cátedra, Madrid, 1983, pág. 16.
    (2) X. Domingo, Erótica hispánica, París, 1972; J. Mª Díez Borque, Poesía erótica. Siglos XVI-XIX, Siro, Madrid, 1977; R. Reyes, Poesía erótica de la Ilustración, Ediciones El Carro de la Nieve, Sevilla, 1989.
    (3) M. Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, V, CSIC, Madrid, 1963.
    (4) M. Di Pinto, "L’osceno borghese (note sulla letteratura erótica spagnola nel Settecento)", en I codici della trasgressività in area spanica, Actas del Congreso de Verona, 1980, págs. 177-179 y 182-192.
    (5) R. Reyes (ed.), Poesía erótica de la Ilustración. Antología, Ediciones El Carro de la Nieve, Sevilla, 1989, pág. 34. A partir de aquí las citas de poemas eróticos remitirán a esta edición, salvo las que recojan los versos de Nicolás Fernández de Moratín , Tomás de Iriarte o Félix María Samaniego, que se indicarán en nota.
    (6) G. Genette, Palimpsestos. La literatura en segundo grado, Taurus, Madrid, 1989, págs. 75-78.
    (7) T. De Iriarte, Poesías más que picantes, Ultramarino, Las Palmas, 1992, pág. 29.
    (8) M. Bajtin, La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. El contexto de François Rabelais, Alianza Editorial, Madrid, 1989.
    (9) F. Mª Samaniego, El Jardín de Venus, ed. de E. Palacios Fernández, A-Z Ediciones / Memorias Corporales, Madrid, 1991, págs. 33-34.
    (10) Véase L. C. Álvarez Santaló, "Vivir como un cura. Algunas precisiones cuantitativas respecto al imaginario social sobre el clero en el siglo XVIII", en F. J. Aranda Pérez (coord..), Sociedad y elites eclesiásticas en la España Moderna, Colección Humanidades, Ediciones de la Universidad Castilla-La Mancha, Cuenca, 2000, págs. 101-147.
    (11) Véanse J. Arce, La poesía del Siglo Ilustrado, Alambra, Madrid, 1981; J. Herrero, "The Rococó pastoral: Versaille’s eroticism in the poetry of Meléndez Valdés", en Estudios Ibero-Americanos, 1 (1975), págs. 211-225; J. H. R. Polt (ed.), Poesía del siglo XVIII, Castalia, Madrid, 1986 y Batilo: Estudios sobre la evolución estilística de Meléndez Valdés, Universidad de Oviedo y University of California, Oviedo y Berkeley, 1987.
    (12) M. Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, V, CSIC, Madrid, 1963, pág. 304.
    (13) D. T. Gies, "El cantor de las doncellas y las rameras madrileñas: Nicolás Fernández de Moratín en El arte de las putas", en Actas del V Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, University of Toronto Press, Toronto, 1980, págs. 320-323.
    (14) I. M. Zavala, "Viaje a la cara oculta del Setecientos", en Nueva Revista de Filología Hispánica, XXXIII (1984), pág. 13.
    (15) Véase V. Cristóbal, "Nicolás Fernández de Moratín, recreador del Arte de amar", en Dicenda, 5 (1986), págs. 73-87.
    (16) N. Fernández de Moratín, Arte de las putas, ed. de E. Velásquez, A-Z Ediciones / Memorias Corporales, Madrid, 1990, pág. 69.
    (17) E. Helman, "D. Nicolás Fernández de Moratín y Goya sobre ‘ars amatoria’", en Jovellanos y Goya, Taurus, Madrid, 1970, págs. 219-235.
    (18) C. Martín Gaite, Usos amorosos del dieciocho en España, Editorial Anagrama, Barcelona, 1987.
    (19) Para lo expuesto en estas líneas seguimos los planteamientos de F. Sánchez-Blanco Parody, Europa y el pensamiento español del siglo XVIII, Alianza Editorial, Madrid, 1991.
    (20) Véase I. M. Zavala, "Inquisición, erotismo, pornografía y normas literarias en el siglo XVIII", en Anales de Literatura Española, 2 (1983), págs. 509-529; "La Inquisición: Lector privilegiado del discurso autoritario en el setecientos", en Homenaje a José Antonio Maravall, Centro de Investigaciones Sociológicas, Madrid, 1986, págs. 503-512; "Arqueología de la imaginación: erotismo, transgresión y pornografía", en Discurso Erótico y Discurso Transgresor en la Cultura Peninsular. Siglos XI al XX, coord. Por M. Díaz-Diocaretz e I. M. Zavala, Ediciones Tuero, Madrid, 1992, págs. 155-181.
    (21) M. Foucault, Historia de la sexualidad. 1. La voluntad de saber, Siglo XXI, Madrid, 1998

  • LAS CIUDADES DE TU CUERPO

    Por Valmore Muñoz Arteaga (vajomar)

    Hace cuatro años Vivian Jiménez publica su primera novela La Columna que Dibujaste dentro de Mi que resultó ganadora en la primera edición del Premio de Novela Erótica Letra Erecta, auspiciada por Alfadil Ediciones. De esa lectura me sorprendieron dos cosas, su particular fuerza narrativa y la forma cómo aborda el tema de lo erótico. En las líneas de esa novela se desnuda soberbiamente la totalidad del gozo. Un gozo que sirve de puente entre la escritora y el lector. Pocas veces me he sentido cómplice durante una lectura. Una complicidad que, más allá del disfrute erótico, se edificaba sobre la base de un deseo de huída, de escape hacia los territorios que se abren desde la literatura. Desde ese momento ansiaba, y no exagero al decir que desmesuradamente, un próximo libro. La espera culminó con la aparición de su segunda novela Las Ciudades de tu Cuerpo, editada por Planeta y que hoy nos reúne.

    El nombre de Vivian Jiménez queda con su nueva novela atado a la sospechosamente no muy prolífica tradición erótica de la literatura venezolana. Las Ciudades de tu Cuerpo es una novela erótica escrita desde las necesidades existenciales de la mujer. Una posición que me recuerda a Anaïs Nin, cuya escritura se transformó en un angustioso autoanálisis que buscaba exteriorizar su sexualidad latente; en otras palabras, buscaba contar las relaciones sexuales como las vive una mujer. La nueva novela de Vivian Jiménez queda inexorablemente atada al erotismo, no sólo por lo que cuenta, sino por el camino que tomó para contarlo. El camino transitado no es otro que el de la poesía. La novela es enérgicamente poética, y la poesía, ya lo dijo Octavio Paz, está estrechamente relacionada con lo erótico. Ambos, poesía y erotismo, están constituidos por una oposición complementaria. A través de su palabra somos acariciados y al mismo tiempo acariciamos. El erotismo en Vivian Jiménez, particularmente el expuesto en Las Ciudades de tu Cuerpo va más allá del desborde de alguna caricia sobre el dorso desnudo del amante. El erotismo en Vivian Jiménez es un grito irritado para que la vida dé tiempo a vivirla. Es su salvoconducto. Es su reclamo virulento por cobrarle a la existencia lo que ella misma le ha arrebatado. El erotismo en “Las Ciudades de tu Cuerpo” es una lucha desde la piel contra el olvido porque el sexo tiene buena memoria y él nos ayuda a recordar que somos libres de nuestros recuerdos. La reivindicación del cuerpo. El sexo como agente liberador muy a propósito de Emmanuelle Arsam en cuya novela más importante se plantea al sexo como un culto al placer de los sentidos, libre de toda moral.

    El sexo se vuelve camino para la revelación de lo que somos, y eso quedó más que evidenciado en esta novela. Detrás de un velo simbólico se esconde la necesidad del conocimiento del otro, que en este caso es el amante. Y al conocerlo nos conocemos. Escribe Vivian: “Con su lengua y su nariz penetra lugares que yo jamás reconocería como parte de mí. Él me inventa. Hace de mí su nuevo mundo, me reconstruye” Al mismo tiempo que el cunnilingus abre sus alas hacia nuevos mundos desconocidos para ella; ella entiende que recuerda que es principio y final, alfa y omega, la tierra prometida donde volveremos. De la mujer venimos y hacia la mujer vamos. “Verlo terminar en el punto donde todo comienza, donde la vida le dijo bienvenido, corre, y el sexo resentido se quedó insistiendo: volverás”. Más adelante insiste en la idea: “Enrique seguía disfrutando de mi cuerpo. Me bebía como si fuera a reencontrarse con su vida”. Vivian Jiménez apuesta con la novela a una sexualidad más allá de lo físico. Una sexualidad a través de la cual se abrían las puertas de la liberación como lo apuntaron D. H. Lawrence, Henry Miller, y más recientemente Valerie Tasso. El orgasmo se vuelve el puente hacia una nueva dimensión, ya que Luisa, personaje principal de la novela, “asociaba el sexo con la liberación. ¿Acaso había algo más liberador que un orgasmo?” Y si el orgasmo era una experiencia liberadora para ella, pues emprendió a tratar de obtenerlo en todo momento, en todas las cosas.

    “Las Ciudades de tu Cuerpo” devela el alma de una mujer. Y a pesar de que en sus páginas todo queda al descubierto, inmediatamente después, este descubrimiento se disipa, o más bien, se hace camino hacia nuevos y más profundos misterios. ¿Qué piensa una mujer cuando el amante parte? ¿Qué siente una mujer cuando las caricias que un día fueron suyas corren arrebatadas hacia otro cuerpo? Escribe Vivian: “Enrique se había enamorado de otra mujer. Lo primero que vino a mi mente oportunista fueron los recuerdos de todas las veces que nos amábamos, la cantidad de orgasmos descargados sobre su cuerpo, el dolor por tanta distancia, los proyectos que cubrían el resto de nuestras vidas juntos, el sacrificio, el gasto, el tiempo. Era como sentirse en el aire, con la amenaza inevitable de la caída”.

    A través de esta novela, que apunta a Vivian Jiménez hacia un sitial de relevancia en el ámbito de la nueva narrativa hispanoamericana, podemos explorar el infranqueable mundo interior de la mujer. Sus sueños y esperanzas; sus anhelos e ilusiones; el ardor por vivir desde una intensidad orgásmica. Una historia construida con el cuerpo que se deja rastrear en cada línea: “Desnudarme es dejar que lean mi historia en letras mayúsculas […] Desde mi cuerpo abierto, con sus diversos tonos, emerge un sonido que me dispone entera a recibir el ajeno y llenarlo de gracia. Desnudarme es exponerme, entonces converso con las mariposas”.

    La Ciudades de tu Cuerpo de Vivian Jiménez es una radiografía de la nostalgia desplegada desde los laberintos del amor y el sexo. Muestra descarnadamente los enigmas de la condición humana a través de un bosque espeso en donde se logran confundir las emociones de la autora con las del lector. Es un retrato diferente de la sexualidad, en especial de la femenina. Es un retablo de testimonios, lugares y territorios solitarios en el cual logramos confrontarnos nosotros mismos de una manera densa e inquietante. Un abismo de intimidades que, junto a ella, dejamos como secreto que quema en el hoyo que pacientemente hicimos en un árbol erguido en la soledad de una colina. Esta novela de Vivian Jiménez representa, no sólo una lectura angustiosa y excitante, sino que además, refleja la madurez que ha alcanzado la literatura erótica en Venezuela.

  • Lecturas eróticas

    Mario Vargas Llosa: "Sin erotismo no hay gran literatura"
    Babelia (Suplemento de El País de Madrid), Sábado 4 de agosto de 2001

    El autor de Elogio de la madrastra comenta algunas lecturas fundamentales de la literatura erótica al tiempo que repasa su biografía como aficionado al género desde los días de estudiante en la Lima de su juventud y reflexiona sobre las conexiones entre placer sexual y placer estético.

    Digámoslo desde el principio: no hay gran literatura erótica, lo que hay es erotismo en grandes obras literarias. Una literatura especializada en erotismo y que no integre lo erótico dentro de un contexto vital es una literatura muy pobre. Un texto literario es más rico en la medida en que integra más niveles de experiencia. Si dentro de ese contexto el erotismo juega un papel primordial, se puede hablar verdaderamente de literatura erótica.

    La Celestina, por ejemplo, es una obra maestra, probablemente la más importante de la literatura española después del Quijote. Decir que La Celestina es una obra erótica sería empobrecerla, porque aunque es eso, también es muchas otras cosas: una obra de una gran riqueza verbal, de una gran inteligencia en su construcción, que incluye muchas manifestaciones de la vida -la moral, la cultura, la psicología-, pero indudablemente el erotismo tiene en ella un papel primordial.
    ¿Un ejemplo contemporáneo? Lolita, de Nabokov, una de las grandes novelas modernas. En ella el erotismo tiene un papel principal entre muchos otros ingredientes que juegan un papel similar dentro de una gran complejidad. Así es como se da en la vida la experiencia erótica. Una exaltación muy desembozada de la pulsión sexual, de la fantasía erótica, de los fantasmas, del derecho al placer. Todo eso está en Lolita, que, por otra parte, es una obra muy intelectual. El mejor erotismo nunca está disociado de otras manifestaciones, que, además, lo enriquecen".
    Erotismo y pornografía

    "La frontera entre erotismo y pornografía sólo se puede definir en términos estéticos. Toda literatura que se refiere al placer sexual y que alcanza un determinado coeficiente estético puede ser llamada literatura erótica. Si se queda por debajo de ese mínimo que da categoría de obra artística a un texto, es pornografía. Si la materia importa más que la expresión, un texto podrá ser clínico o sociológico, pero no tendrá valor literario. El erotismo es un enriquecimiento del acto sexual y de todo lo que lo rodea gracias a la cultura, gracias a la forma estética. Lo erótico consiste en dotar al acto sexual de un decorado, de una teatralidad para, sin escamotear el placer y el sexo, añadirle una dimensión artística.

    Ese tipo de literatura alcanzó su apogeo en el siglo XVIII. Los de ese siglo son grandes textos eróticos que a la vez son grandes textos artísticos. A esto habría que añadirle que en ellos hay una carga crítica que hoy se ha perdido. Los autores de esa época creían que escribir de esa manera, reivindicar el placer sexual y darle al cuerpo ese tratamiento reverente era un acto de rebeldía, un desafío a lo establecido, al poder. Los escritores eróticos eran, pues, pensadores revolucionarios. Diderot, por ejemplo. O Mirabeau, que desde la prisión escribe a Sofía de Monnier cartas de un contenido sexual muy fuerte. Para él esos escritos forman parte de una lucha por la transformación humana, por la reforma social. El caso más extremo, sería el marqués de Sade, aunque no creo que de los textos de Sade pueda decirse que son de exaltación del placer erótico. Hay algo intelectual, obsesivo, casi fanático en sus demostraciones sexuales.

    Sea como fuere, el reconocimiento del derecho al placer es en el siglo XVIII un instrumento para conseguir un mundo mejor, más libre, más auténtico, menos hipócrita, un medio para liberar al individuo de las iglesias, de las convenciones. Eso no se vuelve a alcanzar. El erotismo en el siglo XIX se convierte en un juego muy refinado. Y en el XX se banaliza, se vuelve superficial y previsible, se comercializa, en el peor sentido de la palabra. Ya no genera experimentación formal y pierde su carga crítica, salvo en casos excepcionales, como el de Bataille. Los escritos de Georges Bataille son profundamente revulsivos, muy desafiantes con las últimas convenciones. A la vez son más lúgubres y siniestros. Los suyos son más textos de perversión que de asunción del placer, pero es uno de los escritores modernos en los que el erotismo va acompañado de una gran audacia artística".
    Liberalidad contra literatura

    "La liberalidad de las costumbres, que es un progreso moral para la sociedad, ha jugado tradicionalmente en contra de la literatura erótica. Ha hecho que el erotismo pierda la carga de inconformismo, de desafío a la moral establecida que tenía cuando los de talante erótico eran libros para leer a escondidas, volúmenes que estaban en los infiernos de las bibliotecas, lo que les daba una aureola especial. Eso ha desaparecido y ha hecho que el erotismo se haya vuelto previsible, convencional, mecánico, es decir, que se haya degradado en pornografía. Hoy escribir un libro erótico es mucho más difícil que en el pasado porque ya no es la censura lo que hay que flanquear, sino el escollo de la banalidad y del estereotipo. Hay una permisividad tal que todo es aceptable y aceptado. El efecto escandaloso ha desaparecido. Ahora hay un erotismo más de lujo, refinado, como un juego elegante. Un buen ejemplo de esto serían las obras de André Pieyre de Mandiargues, que son muy finas y están muy bien escritas, con un aliento poético un tanto surrealista pero de una carga sensual muy marcada, con una dosis de fantasía muy grande. Es lo contrario del malditismo buscado de Bataille, que pensaba que por ahí vendría una liberación del espíritu. En Mandiargues todo es juego, aunque sea de un alto nivel.

    En el mundo de lengua española la literatura erótica como tal es casi inexistente. La hubo en el pasado, tal vez porque hubo también una tradición represiva muy grande. En la literatura moderna hay textos de una gran libertad de expresión, insolente, hasta vulgar, pero el erotismo no es eso, sino que exige cierto refinamiento. El erotismo no es de sociedades primitivas. Requiere una evolución en las formas y una adquisición de grandes espacios de libertad para el individuo. Sólo en ese contexto la relación sexual se convierte en un juego, en un teatro, en una ceremonia, en unos ritos, y adquiere una connotación artística. El amor se practica entonces como un espectáculo rodeado de formas. Eso no se da en culturas muy represivas ni muy reprimidas, y por supuesto, no se da en sociedades primitivas. La tradición erótica presupone un elevado nivel de civilización".

    Biografía de lector
    "Descubrí la literatura erótica cuando era estudiante universitario, de una manera casual. Conseguí un trabajo de ayudante de bibliotecario de un club social de Lima muy activo, el Club Nacional, el de la gente rica. Mi maestro de historia era el bibliotecario de ese club y me contrató como ayudante. Mi labor consistía en ir dos horas al día a fichar los libros que se adquirían. En esa época ya no se hacían muchas adquisiciones, así es que yo aprovechaba esas horas leyendo los libros de la biblioteca del club, que en el pasado había adquirido libros eróticos de gran calidad. Tenían la colección completa de Les Maîtres de l'Amour (los maestros del amor), una colección que dirigió en Francia Apollinaire, con muchos libros prologados por él mismo, a veces de una manera muy erudita, siempre muy irónica. Allí descubrí la tradición erótica al más alto nivel literario: Sade, Restif de la Bretonne, John Cleland, el autor de Fanny Hill, Sacher-Masoch, Casanova, por supuesto, allí estaban los tres tomos de sus memorias... Estaban todos. Durante un tiempo, y de una forma un tanto inocente, pensé que ahí estaba la verdadera revolución, que en ese tipo de literatura se estaba gestando una transformación profunda de la sociedad, de la moral, del individuo. Era una idea bastante ingenua de los poderes de la literatura erótica. Descubrí, no obstante, una veta riquísima. Había, por ejemplo, unos tomos con una selección de los cuentos más eróticos de Las mil y una noches. La colección era muy interesante porque reunía grandes textos eróticos y además daba una perspectiva erótica para acercarse a la literatura en general.

    Durante un tiempo leí esos libros con gran pasión. Después supongo que descubrí su gran limitación: la monotonía. La relación sexual enriquece extraordinariamente la vida, pero es limitada. Por más inteligencia que se ponga en renovarla, siempre transcurre en un marco determinado. Y eso da a los textos que son sólo eróticos una gran monotonía, los hace caer en la rutina de lo previsible. Por eso el mejor erotismo es el que aparece en obras que no son sólo eróticas, aquéllas en las que lo erótico es un ingrediente dentro de un mundo diverso y complejo. Y eso nos lleva, de nuevo, a la gran literatura. De ahí que pueda decirse que sin erotismo raramente hay gran literatura. Y al revés, una literatura que es sólo erótica difícilmente llega a ser grande".
    Una antología espontánea

    "Un texto que sólo es erótico resulta muy poco convincente porque pierde vitalidad. Como la vida no es sólo sexo, un texto en el que la vida no es otra cosa, termina siendo muy artificial y postizo, un juego lúdico disociado de la experiencia vivida convertido muchas veces en un artificio intelectual. No es ése el erotismo que me seduce y estimula. En cambio, para mí es muy difícil que haya una gran novela en la que no haya páginas de una alta intensidad sexual. Recuerdo novelas de las que no se podría decir que son eróticas, pero en las que hay episodios de una carga erótica tal que se han convertido en el cráter de esas novelas, en la imagen que las sintetiza. Por ejemplo, en Esplendor y miseria de cortesanas, de Balzac, hay un viaje en diligencia con dos personajes, una pasajera y un joven que viaja frente a ella. Las irregularidades del terreno precipitan a unos pasajeros contra otros, y el joven siente de repente el roce de las rodillas de la pasajera. Es una descripción maravillosa. De esa novela no se me olvidará nunca el roce en esa clandestinidad nerviosa. Esos fogonazos eróticos dentro de una historia tienen para mí una importancia capital. Un relato sin esas apariciones de lo sensual no alcanza nunca la grandeza de las novelas que incorporan esa experiencia. Lo mismo pasa en el Quijote con la escena de Maritornes, en la que hay un erotismo muy rico, aunque esté atenuado por el humor y por el sarcasmo. Tal vez porque era la única manera de pasar la censura. Jaime Gil de Biedma contaba que de joven había tenido una gran inflamación erótica con esa escena.

    Siempre he tenido la idea de hacer una antología del erotismo no buscado, no deliberado. Es un proyecto que me sigue dando vueltas. Sería algo así como la antología del humor negro de André Breton o la antología de lo fantástico de Roger Caillois. Se podría hacer una selección preciosa con textos eróticos procedentes de libros que no sólo no son eróticos sino que difícilmente podrían concebirse como eróticos, por ejemplo, algunos textos religiosos, los místicos. Muchas cosas de san Juan de la Cruz pueden leerse en clave erótica. Si uno los lee con un espíritu laico le pueden inflamar extraordinariamente. Lo mismo podría decirse del Cantar de los cantares. De hecho, el misticismo ha estado siempre muy cerca del erotismo. Recuerdo, a propósito, San Genet, comediante y mártir, un ensayo en el que Sartre compara, de un modo muy convincente, textos de Genet con textos místicos.

    Otro fragmento de antología es el comienzo de Moby Dick, una de mis novelas de cabecera. En esas páginas hay una relación extraña entre dos personajes masculinos, un indio y el narrador, que duermen juntos en una casa. Aparentemente todo es muy puro, sin sombra de erotismo, pero un lector malicioso, y todos lo somos, puede encontrar extraordinariamente extraña la convivencia de estos dos personajes, que establecen una especie de fraternidad carnal, aunque no se mencione ni por asomo la posibilidad de una relación homosexual. Otra muestra: la carga erótica del monólogo de Molly Bloom, en el Ulises de Joyce. Son unas páginas de una fuerza extraordinaria por la increíble sensualidad de Molly, que impregna todo el monólogo de una especie de vaho seminal. Una lectura 'malintencionada' podría dar una maravillosa antología del erotismo no buscado, aislando textos, igual que en esos libros de arte que reproducen fragmentos de obras concretas".

    Un canon personal
    "En mi canon personal de la literatura erótica entendida en el sentido tradicional estarían, entre los textos clásicos, el Decamerón de Bocaccio, que tiene algunas historias muy ingeniosas y divertidas. Más tarde, Fanny Hill, de John Cleland, y Memorias de una cantante alemana, de Wilhelmine Shroeder-Devrient. El marqués de Sade, por supuesto: la historia de Justine quizá sea la más compacta y ordenada. De Restif de la Bretonne, El pie de Mignonne (el pie de la bonita, de la chica bonita, podría traducirse), una novela absolutamente deliciosa en la que los personajes se enamoran de la protagonista exclusivamente a través de su pie. Es una novela fetichista con un humor que le da mucha gracia. Dentro de la literatura más moderna, Bataille, desde luego. ¿Qué libro de Bataille? La historia del ojo. Es la más novela, la que tiene mejor tejido narrativo, aunque en ocasiones el exceso de perversión la desvitalice un poco y la vuelva un tanto intelectual. Es, no obstante, un libro excelente. En esa lista estaría también Sacher- Masoch y La Venus de las pieles. Los trópicos de Miller, el de Capricornio y el de Cáncer. El cuaderno negro, de Lawrence Durrell, aunque es de un erotismo un poco siniestro, pero muy bello. Se trata, además, de un acto de gran coraje y de un exhibicionismo bastante audaz.

    Dentro de la literatura española lo más interesante son ciertos capítulos del Tirant lo Blanc, escritos con extraordinaria gracia y talento: las historias de la princesa Carmesina y sus juegos con Plaerdemavida. Todas las escenas de alcoba del Tirant son obras maestras de la literatura erótica. Y, por supuesto, La Celestina. Y La lozana andaluza, un libro muy divertido, de una libertad insólita para la época en cuestiones de sexo, aunque por momentos haya un exceso de vulgaridad. Para mí ese exceso en un texto erótico lo hace irreal, lo convierte en un juego verbal.

    Hay un autor, por último, que habría que citar: Roger Vailland, que trabajó con Roger Vadim, el director de Y Dios creó a la mujer, la película de Brigitte Bardot... Vailland escribió algunas novelas que no tiene demasiado interés, pero sobre todo escribió La mirada fría, un ensayo sobre erotismo que lleva un epígrafe de Sade que dice: 'Y él lanzó sobre mí la mirada fría del perfecto libertino'. Es un libro muy interesante en el que sostiene que para que haya erotismo tiene que haber represión, que la libertad y el erotismo están reñidos. Dice que las muchachas del siglo XVIII han pasado a la historia de la civilización como las más eróticas. ¿Por qué? Porque estaban educadas en los conventos, y los conventos, a través de sus prohibiciones y de sus obsesiones, creaban una curiosidad y unos tabúes que eran los mayores fermentos para la imaginación. Vailland dice que sin la Iglesia católica no hubiera sido posible el erotismo. Por una parte creó las prohibiciones y, por otra, creó un entorno, un ceremonial que le ha suministrado al erotismo su instrumental más rico y novedoso".

    Elogio de la madrastra
    "Elogio de la madrastra es un juego con muchas alusiones a las imágenes eróticas de la pintura. Para mí escribir esa novela fue un experimento divertido que me permitió emplear un lenguaje muy rico y preciosista que no utilizo jamás en mis obras, en las que el lenguaje es muy funcional, siempre en relación con lo que quiero contar. En el Elogio había un juego formal que permitía contar la historia con un lenguaje rebuscado, muy poco realista. En Los cuadernos de Don Rigoberto, sin embargo, el erotismo es más intelectual. Hay juego, pero en menor medida que en Elogio de la madrastra. Allí el lenguaje ya no es el mismo, no podía serlo. La historia tenía más pretensiones realistas y el lenguaje es, no diré más crudo, pero sí que está menos presente. En el Elogio el lenguaje es casi un espectáculo por sí mismo, una presencia que se interpone entre el lector y la historia".

    Placer frío
    "Últimamente ha cobrado gran fama La vida sexual de Catherine M., de Catherine Millet, pero en este caso no se trata de erotismo. Es un libro muy interesante, pero no erótico, sino profundamente intelectual, una especie de autoexamen, casi una autoautopsia de la vida íntima de la autora. Yo no recuerdo haber leído una sola página de ese libro sintiendo que ahí había un estímulo sexual. Se trata, eso sí, de una experiencia insólita: la de una persona que cuenta con total desenvoltura la historia de una sexualidad desenfrenada. Lo más sorprendente del libro es, con todo, la frialdad con que ella expone esa experiencia. Aunque la población de los fantasmas personales es infinita, no creo que ese libro pueda inflamar sexualmente a nadie. Un libro erótico, a la vez que produce un placer estético, es un libro que tiene también que hacer las veces de un afrodisiaco. Si no te crea una sensación de entusiasmo y de apetito sexual no termina de cumplir enteramente su función".

  • El erotismo de antaño

    Alicia Barca

    Lo sensual, lo íntimo, lo excitante. Estas son las claves que todo buen relato erótico tiene que cumplir para sucumbir a los sentidos de los que disfrutan del placer que proporciona este tipo de lectura. La capacidad de conmover a las personas hasta la extenuación de sus cuerpos a través de las palabras es algo que sólo la literatura erótica consigue.
    Hoy inauguramos esta sección para rendir un pequeño homenaje a los literatos clásicos que un buen día decidieron dar esquinazo a la censura de la época para llevar el terreno de lo personal al alcance de todos. Desde estas líneas os invitamos a disfrutar del erotismo a través de la literatura. ¡Déjate seducir por la sensualidad de las palabras!
    Lo sugerente no está reñido con lo clásico, de hecho basta con remontarse varios siglos atrás para descubrir el origen de la literatura erótica. Nuestros antepasados sentaron las bases de lo que hoy se ha convertido en uno de los géneros literarios más demandados. Los autores clásicos encontraron la forma de plasmar lo prohibido con una sutileza asombrosa. Obras españolas de antaño como “El Libro del Buen Amor”, “La lozana Andaluza” y “Arte de las putas” son testigos de este intento por mostrar lo bello, lo íntimo, la búsqueda del placer, la iniciación al sexo…
    Sin embargo, en otros países como Francia y Reino Unido, la literatura erótica tuvo más libertad que en España. Así, numerosos volúmenes dedicados a lo excitante consiguieron ver la luz. Sin duda, el paraíso de la sensualidad fue Francia. Y el padre del libertinaje, el Marqués de Sade, que fue un experto en el arte del placer; sus obras “Justine”, “Juliette” y “La philosophie dans le boudoir” dan prueba de ello. Sin dejar a un lado las aportaciones de los franceses Andréa de Nerciat y el Conde de Mirabeau.
    Pero la influencia del erotismo es tan grande que ha traspasado el plano de lo literario y está presente en otras disciplinas como el cine, el dibujo, la pintura, la fotografía, la escultura, la arquitectura, la música. Es evidente, que el deseo por lo carnal no tiene límites y son muchas las manifestaciones que nos han quedado con el paso de los años.
    Para adentrarnos de lleno en el origen de la literatura erótica, hemos seleccionado tres de obras clásicas de referencia en España:
    ♦♦ “El Libro del Buen Amor”, como su propio nombre indica, aborda el inabarcable mundo del amor con un tono festivo y a la vez serio, con tintes religiosos y profanos. Su autor, Juan Ruiz, más conocido como el Arcipreste de Hita, relata de forma autobiográfica sus conquistas amorosas en la Baja Edad Media, así como historias de amor ficticias con nombres y apellidos.
    La relación entre los personajes ficticios de Don Melón, que encarna el propio Arcipreste, y Doña Endrina o de Don Carnal y Doña Cuaresma está representada en este volumen compuesto por 1728 estrofas. Como curiosidad, decir que el título original era “Libro de los cantares”, pero fue Menéndez Pidal quien decidió más de cinco siglos después de su publicación cambiar el nombre al actual.
    Entre todos los relatos, el más original es el que está narrado en primera persona, sobre todo por el personaje de Trotaconventos, una peculiar celestina protagonizada por una misteriosa anciana. Todos estos atributos elevan la obra a una de las más representativas del Mester de Clerecía.
    - Lo mejor: la variedad de sus composiciones, de carácter narrativo en su mayoría, ya que el libro incluye fábulas, cuentos, ejemplos, enseñanzas morales, serranillas y otros elementos estilísticos y didácticos. Y también la métrica que utiliza, donde destaca la cuaderna vía.
    - Lo peor: que no se puede leer la obra completa porque faltan hojas de los tres manuscritos que la conforman. Además, no está clara la intención del autor, por lo que es el lector quien da rienda suelta a su imaginación e interpreta a su antojo “El Libro del Buen Amor”.
    ♦♦ “La Lozana Andaluza” es la obra principal del clérigo y escritor español Francisco Delicado, que vivió la mayor parte de su vida en Italia. Este libro, erótico donde los haya, describe el ambiente celestinesco de la Roma renacentista. Está basado en las vivencias del autor, quien frecuentaba las barriadas de prostíbulos de Venecia y Roma, aunque los protagonistas son la prostituta Lozana y su amigo Rampín.
    La obra está dividida en capítulos, que reciben el nombre de “mamotretos”, y a través de ellos Delicado nos descubre los oscuros recovecos del intrigante mundo de la prostitución.
    - Lo mejor: la integración del folklore, la tradición y las costumbres propias del Renacimiento con el hilo conductor de la historia. Además del ritmo dinámico de la narración.
    - Lo peor: los constantes coloquialismos e italianismos.
    ♦♦ “Arte de las putas” es el título de una de las creaciones poéticas más apreciadas de Nicolás Fernández de Moratín. A través de este canto al erotismo, el poeta y dramaturgo español retrata con una ironía mordaz que conduce hasta el sarcasmo anécdotas reales de prostitutas.
    El poema, que fue prohibido por la Inquisición y logró editarse en 1898, se aleja de la estructura clásica para plasmar el Madrid nocturno del siglo XVIII como respuesta al interés oculto que muchos ilustrados sentían por la temática erótica. Como si de una guía se tratara, el autor da recomendaciones a los lectores acerca de los servicios que ofrecen las prostitutas.
    Como curiosidad, “Arte de las putas” sirvió de inspiración al mismísimo Goya a la hora de realizar dibujos y otras obras. “La tauromaquia” y, en especial, los “Caprichos” dan fe de la influencia de Moratín en el pintor aragonés.
    - Lo mejor: el retrato del atractivo mundo del espectáculo, donde además de las prostitutas, Moratín prestó su mirada a toreros, músicos, danzantes, actores, pintores, escultores y otros artistas de la farándula.
    - Lo peor: la similitud con obras anteriores como “La rettorica delle puttane” o “La tariffa della puttane di Venezia”.

  • Apuntes sobre literatura erótica

    Víctor Montoya

    Censura del lenguaje
    Aunque vivimos en un milenio avasallado por la informática y la masiva propaganda de los medios de comunicación, cuyos mensajes nos convierten en una pequeña provincia de la aldea global, donde los emblemas y costumbres sexuales se difunden de manera vertiginosa, se debe admitir que no es fácil escribir en español sobre el sexo, sin caer en la vulgaridad y el simplismo, debido a que el idioma, en su función de vehículo del pensamiento y sentimiento humanos, ha sido castigado por la Inquisición y la moral de los padres de la Iglesia. Consiguientemente, así se busquen giros idiomáticos adecuados, resulta difícil encontrar expresiones equivalentes a la frase “hacer el amor” o “coito interruptus”, sin dejar de herir los sentimientos y códigos morales de quienes se confiesan seguidores convictos de las Sagradas Escrituras.
    Si uno intenta inventar alguna frase, en verso o en prosa, no siempre convence al lector, ya sea por la fonética de la palabra o por su connotación semántica. Quizás por eso, los más diestros “inventores” de expresiones referidas a los desenfrenos del sexo se valen de hábiles perífrasis, de metáforas enunciadas por los poetas y de los chistes de los truhanes que, acostumbrados a desgranar palabras obscenas en el ruedo de amigos, comparan los órganos genitales con las frutas y verduras, a modo de evitar palabras triviales como “pene” o “vagina”.
    Sin embargo, en otros idiomas, que probablemente no sufrieron jamás una amputación moral, se conocen obras narradas con un lenguaje rico en matices lexicales. En el famoso Kama Sutra, un auténtico tratado sobre el arte erótico hindú escrito por Mallinaga Vatsyayana hacia el año 500 d.C., se describe en sesenta y nueve casos los modos de alcanzar el goce físico del sexo, que va desde el roce de la piel con un beso, hasta las más avanzadas técnicas de exploración del instinto sexual, que es tan antiguo como el hombre.
    El arte de narrar historias eróticas, como las expuestas brillantemente en el Kama Sutra, requiere de un lenguaje que esté exento de términos científicos y verbosidad propia de los sexólogos, sobre todo, si se quiere aludir las pasiones eróticas de una manera sugerente y poética, como ocurre en las novelas y los relatos del marqués de Sade, quien, sin ser experto en las reglas gramaticales del francés, tuvo la intuición de explayar un lenguaje apropiado incluso para describir las pasiones más violentas y perversas.

    Transgresión de los sentidos
    La transgresión moral, sin resquicios para la duda, es una de las características de la literatura erótica. El escritor debe ser un ser irreverente, heterodoxo, para transgredir las franjas de censura que le impone su entorno sociocultural y religioso. Sin una actitud irreverente es imposible crear una literatura erótica despojada de tabúes y prejuicios.
    El escritor es, y ha sido siempre, una suerte de válvula de escape de los impulsos reprimidos y prohibidos en la colectividad. Es el modulador de voces anónimas y actúa como un psicoanalista, intentando iluminar los cuartos oscuros de la memoria, donde cohabitan los instintos más bajos y los deseos sexuales, desde los más sensuales hasta los más promiscuos, incluyendo la sodomía, el fetichismo y el sadomasoquismo.
    La religión, así como ha sido la madre de muchas exquisiteces y arrebatos místicos, ha sido también una maquinaria que ha frenado la libertad sexual de los individuos a lo lago de los siglos. Quizás por eso la literatura hispanoamericana, que recién está experimentando un renacimiento en el arte de narrar historias eróticas, no ha creado tradición en este terreno, debido a los procesos iniciados por la Santa Inquisición, que propagó el concepto del pecado de la carne y emprendió una cruzada contra toda obra literaria o pictórica que abordara el tema de la sexualidad más allá de los valores éticos y morales establecidos por la Iglesia que, durante el oscurantismo de la Edad Media, fue una institución retrógrada que condenó los deseos carnales y las llamadas “perversiones mentales”. Incluso hoy, a principios de un nuevo milenio, el Vaticano sigue lanzando cruces de condena contra las relaciones homosexuales y sigue considerando el adulterio como un pecado capital y el divorcio como una tentación del diablo.
    La lujuria, que consiste en el apetito desordenado y excesivo de los placeres sexuales, era uno de los pecados capitales que alejaba al hombre de la salvación espiritual y lo acercaba a las puertas del infierno. Los teólogos distinguían diez tipos de lujuria, tres de las cuales eran contra natura: la masturbación, la sodomía y la zoofilia, con diversos grados de nocividad. La fornicación con prostitutas, por ejemplo, les parecía menos reprensible que el estupro, que implica la desfloración de una mujer virgen que no pasa de cierta edad fijada legalmente. Asimismo, el deseo de seducir a la esposa del prójimo o el adulterio, considerado como pecado carnal, eran reprimidos con la Biblia en la mano.
    De modo que, aun tras haber aprendido a llamar por su nombre las “partes vergonzosas” del ser humano, sigue siendo un heroísmo el acto de escribir obras eróticas en un contexto social en el cual todavía existen quienes pregonan el retorno al puritanismo medieval y la censura de las relaciones sexuales incompatibles con la moral católica que, en uso de sus atribuciones, considera este género literario como un síntoma de decadencia humana, que debe ser combatido por todos los medios y con la mayor severidad posible.

    Literatura erótica a pesar de todo
    Si bien es cierto que el relato erótico es algo transitorio, que se vive y siente mientras se lee, es cierto también que sirve para estimular los impulsos de la fantasía, que constituye uno de los instrumentos mentales que permite ventilar los instintos sexuales más recónditos y lúdicos. El erotismo es la mejor expresión de una relación sexual regida por las fuerzas de la pasión y la fantasía. Sin la fantasía no sería posible un erotismo que enriquezca la vida conyugal, social y existencial. El erotismo, con sus censuras habidas y por haber, es lo que diferencia a los humanos de los animales irracionales, aparte de que el erotismo, en materia literaria, es la metáfora del amor en todas sus dimensiones.
    No es lo mismo leer una buena obra erótica, que trasluce su propia magia, que ver a una mujer desnuda en el afiche de la propaganda comercial, a las modelos semidesnudas en la pasarela o a las actrices en las películas y telenovelas. La literatura erótica, con todo su poder de sugerencia, ha deslumbrado desde siempre la atención de los lectores, sobre todo, en sociedades relativamente conservadoras como la nuestra, donde todavía es casi imposible hablar abiertamente sobre esos libros que se leen con una mano y a media luz.
    La literatura erótica, de no haber tenido una fuerza de atracción sobre la gente, no hubiese sobrevivido en el tiempo y la historia. La prueba está en que, a pesar de las censuras y cortapisas impuestas contra el erotismo, las mejores obras han sido salvadas de las hogueras y los depósitos clandestinos, para ser puestas al alcance de los lectores ávidos de una literatura que perdure en la historia, no sólo porque la sexualidad es una de las pasiones auténticas del ser humano en su proceso de reproducción, sino también porque el erotismo, indistintamente de razas y condiciones sociales, está presente en toda pasión amorosa y a cualquier hora del día.
    Varias obras clásicas, como el Kama Sutra hindú y La plegaria china, siguen despertando el interés de los lectores hasta nuestros días. Por otro lado, todos los libros con características eróticas escritas en Asia, Europa y América, son joyas que han sobrevivido a las catacumbas de la censura. Ahí tenemos el Decamerón de Boccaccio, Fanny Hill de Apollinaire, Trópico de Cáncer de Henry Miller, Lolita de Vladimir Nabokov, Delta de Venus de Anaïs Nin, La misteriosa desaparición de la Marquesita de Loria, de José Donoso, Elogio de la madrastra de Vargas Llosa y Las edades de Lulú de Almudena Grandes, entre otros. Todo este caudal literario demuestra que la literatura erótica, contrariamente a lo que muchos se imaginan, se va consolidando cada vez más con autores contemporáneos que trabajan conscientemente en torno a la literatura erótica. Si esto ocurre, es porque el sexo es un alimento indispensable en la vida de los humanos y porque tiene la capacidad de conmover y seducir a los lectores. Al fin y al cabo, a todos nos interesa el sexo y nos apasiona el erotismo en las obras de arte.

    Nuevos tiempos, nuevos desafíos
    Los tiempos han cambiado y la llamada “posmodernidad” ha permitido que los escritores que antes se movían en el anonimato y la clandestinidad salgan a la luz pública para deleitarnos con su chispeante fantasía y su pirotecnia verbal, capaces de convertir el tema erótico en una magnífica obra de arte; mas todavía existen nuevos desafíos, un evidente “destape” y una juventud dispuesta a modificar los códigos morales de sus abuelos.
    Los estudiantes de secundaria ya no tienen por qué mirar una revista erótica a escondidas, detrás de los muros del colegio o en un rincón de la habitación. El mundo comercial ha irrumpido en las costumbres sexuales, introduciendo por todos los medios mensajes eróticos que antes estaban destinados sólo a los “mayores de 18 años de edad”. Hoy, en cambio, todo es distinto. El tema de la sexualidad está contemplado desde una perspectiva mucho más natural, gracias a la abundante información proporcionada por los medios de comunicación y las innovaciones hechas dentro del sistema educativo moderno, por cuanto escuchar la palabra “condón” no es ninguna novedad ni hace falta llamarlo “preservativo” en voz baja y con el rubor en la cara.
    De otro lado, los quioscos de la ciudad están saturados de publicaciones eróticas, cuyas portadas enseñan las fotografías de mujeres y hombres desnudos. Cada vez son más las tiendas que ofrecen, junto a los productos de lencería y “la ropa interior de señoras escandalosamente escotadas”, una serie de aceites especiales, ungüentos y “dinamizadores de contacto”. Lejos han quedo los tiempos en que uno, a la hora de asistir a una “sala X” donde se exhibían películas eróticas en función rotativa, debía enfundarse en abrigos y colocarse gafas oscuras, para no ser reconocido por el amigo o el vecino.
    En la actualidad, a diferencia de lo que sucedía en el pasado, los espectadores comentan sin prejuicios las escenas eróticas de El último tango en París, Calígula o Emanuelle, como si hubiese sido superado definitivamente el oscurantismo medieval y el puritanismo sexual, aunque no por esto todo es sexo en la sociedad, pues si bien es cierto que la sexualidad es una de las pasiones auténticas de los humanos en su proceso de reproducción, es también cierto que nadie vive las 24 horas del día pensando en el sexo, por la sencilla razón de que el individuo, en su función de elementos activos dentro del sistema de producción, debe cumplir con otras obligaciones ajenas al erotismo, como es el trabajo cotidiano, los quehaceres domésticos y el cuidado de la familia. No obstante, el erotismo, que reivindica sin reticencias lo sagrado y lo profano, lo prosaico y lo lírico, es una de las manifestaciones más sublimes de la condición humana.

    Diferencia entre erotismo y pornografía
    Así algunos insistan en señalar la línea sutil que separa al erotismo de la pornografía, nadie es capaz de definir dónde empieza y termina el erotismo. Lo único cierto es que el texto erótico, tanto por el manejo del lenguaje como por el tratamiento del tema, debe alcanzar un nivel estético que lo diferencie del discurso obsceno y grotesco de la pornografía.
    A pesar de estas premisas, sigue siendo difícil demarcar la diferencia entre la pornografía y el erotismo, un tema tan relativo como subjetivo, pues la definición que cada lector tiene sobre el erotismo y la pornografía depende, en gran medida, de su grado de educación, sus experiencias personales, su credo religioso y su escala de valores ético-morales, pues todo lo que puede ser pornográfico para unos, puede no serlo necesariamente para otros.
    Ahora bien, ¿cuáles son los verdaderos criterios que permiten juzgar si un libro es erótico o pornográfico? Las respuestas pueden ser varias, habida cuenta de que este razonamiento es tanto más inapropiado por cuanto nadie consigue explicar la diferencia. Y con justa razón, ya que para algunos no existe ninguna diferencia. La pornografía es la descripción pura y simple de los placeres carnales; en tanto el erotismo es la misma descripción revalorizada, en función de una idea del amor o de la vida social, explica el ensayista Alexandrian en su Historia de la literatura erótica (1990).
    Para ciertos autores, como Vargas Llosa, lo erótico consiste en dotar al acto sexual de un decorado, de una teatralidad para, sin escamotear el placer y el sexo, añadirle una dimensión artística. Para otros, en cambio, todo lo que es erótico puede ser también pornográfico, dependiendo del ángulo desde el cual se lo mire. Alexandrian, refiriéndose a la doble moral que parece justificar la visión pacata de algunos comentaristas de la literatura erótica, explica: “Hay una nueva forma de hipocresía que consiste en decir: si esta novela (o esta película) fuera erótica yo aplaudiría su calidad; pero como es pornográfica la rechazo con indignación”. Es decir, trazan una frontera definida entre lo erótico y lo pornográfico, como quien, atenido a sus gustos particulares, determina lo que es “buena” o “mala” literatura.

  • Estabas Echada

    Por Valmore Muñoz Arteaga (vajomar)

    Estabas echada, Sylvia, sobre aquellas lejanas latitudes. Una sombra de espinas cubría tu cuerpo y rasgaba tus senos firmes. Los ríos de sangre que se desprendían del llanto de tus heridas corrieron hacia la punta de mis palabras entrecortadas para no andar a solas, para no enloquecer de sed y de hambre.

    Conocías muy bien mi antiguo designio. Sabías de sobra que mi alma, ya perdida entre las sombras, era profunda como el pozo de orgasmos que sacuden tu vientre. Entendías que la flor negra abandonada como viejo fruto sobre la presunción de la entrega era la hoguera donde van a quemarse mis palabras y mis labios despojados de divinidad para acoplarse
    al acompasado ritmo que emite tu carne viva.

    Sylvia hecha jirones dentro de los ecos de la noche, sabrás quién soy por las marcas que deja mi pecho sobre tu pecho ensangrentado. Sabrás cuál es mi procedencia por la danza que improvisa mi lengua sobre tus heridas abiertas donde colapsa el deseo.

    Y yo sabré secretamente cuáles son las señales que desatan las tormentas,
    las señales por donde husmean mis manos para retardar la llegada de los gritos más veloces, del martirio de tragarnos las cruces. De ajarnos la piel con las uñas. De acallar el día que comienza a golpear en la espalda. Estabas echada Sylvia desnuda y sangrante, seducida por las punzadas de cada espina. Estabas echada bajo mi cuerpo sin memoria. Mis hijos se derramaban sobre aquellas lejanas latitudes y yo me volvía, frente a tu mirada cansada, un pueblo vacío y llano.

  • SYLVIA

    Por Valmore Muñoz Arteaga (vajomar)

    Necesito libar de tu lengua, Sylvia, el pesado cansancio de esta muerte que me anula, el secreto deseo de deambular como demonio enloquecido por la sutileza resbaladiza de tu vientre. Murmurarle sombras a la dureza punzante de tus senos desde el nudo en que se vuelve mi boca entre los vellos de tu cuerpo.

    Ansío prensar el color de tu piel con mis dientes acostumbrados a morder la humedad de tu ausencia, desatar las furias como red sobre tu carne desnuda y profunda donde me pierdo incansablemente entre mis sueños y los papeles en blanco que lleno y lleno con tu nombre espectral… Sylvia… Sylvia… Sylvia.

    Codicio penetrar en el temblor de tu sangre. Beberme la líquida tensión dispuesta en tu vulva hambrienta que me traga de cuerpo entero. Te codicio Sylvia como lengua oscura, como recuerdo lejano, como sombra sin sol.

    Ansío desnudarte, Sylvia, con los ojos abiertos y la diligencia de mis manos. Libarte. Prensarte. Penetrarte en el centro de la dulzura salobre de tu desnudez. Asirme. Fustigarme. Beberme confundido con la leche que te mana del deseo, confundido con las vidas que abandono sobre tu cuerpo, confundido con mis manos que te amasan hasta morirme en tu cansancio reposando entre tus pechos tibios definitivamente agitados.

  • Libros: Las ciudades de tu cuerpo

    Iván R. Méndez

    Que Sade era un genio de la escritura desbocada y sexual, nadie lo duda. Es más, se ha confirmado a lo largo del último siglo, en la cual escritores como Mario Vargas Llosa o Maurcie Lambert (alias de Oscar Rodríguez) se lanzaron con sendas novelas “eróticas” que se leían con el mismo desagrado con el cual ingerimos un potaje grumoso, frío y de color rojizo. Vivian Jiménez (La Habana, 1968) ha transitado el género con éxito y su primera novela, “La columna que dibujaste dentro de mí”, fue premiada con la primera edición del premio La Letra Erecta.

    En “Las ciudades de tu cuerpo” la psicólogo y escritora establece una lucha a pulso entre invitarnos a curiosear por la psiquis de Luisa (una mujer fantasiosa que se refugia en el sexo y la memoria) y a degustar sus piernas “modeladas por el dios de las buenas intenciones”. Allí, el dialogo interior es sucedáneo de soledades, frustraciones y ese arrinconamiento de la vida del 2000, pero a la vez la incesante escritura de frases “inteligentes” le restan eficacia y a ratos derrumban la novela. El erotismo es servido en combo, ya que la autora se atreve a pincelar las carencias que Luisa y sus personajes viven en la Cuba anti idílica de Castro, transformando a ratos la lectura en el potaje mencionado.

    A pesar de esos tropiezos, la obra es capaz de mostrarnos como “la infelicidad se hace un hábito” y de dirigir nuestra atención hacia esas existencias que no pocas veces se cruzan con la nuestra, y no es metáfora. Asimismo, la denuncia puede ser leída como noticia y así nos enteramos que a las mujeres cubanas les es imprescindible tener viejas prendas de vestir en casa, pues éstas se cortan y se transforman en pañitos para la limpieza y, constantemente, en toallas sanitarias… Superadas esas tristezas del paraíso tropical, es casi imposible no sentir, en estas líneas que “la vida huye cuando uno se le acerca. La vida no da tiempo a vivirla”.

    Las ciudades de tu cuerpo
    Vivian Jiménez
    Planeta, Caracas, 2007. 144pp

  • Memoria de Elefante, de António Lobo Antunes

    por Javier Aparicio Maydeu

    Sí, la narrativa de Lobo Antunes avanza de la mano de la vida cotidiana que la produce, y el narrador, como el navegante, anota altibajos emocionales, recuerdos y paradojas de la identidad en un manuscrito escrupuloso y contingente que adquiere la forma de un cuaderno de bitácora: escribe su singladura vital en el océano de las palabras, convocándolas al texto y luego corrigiéndolas hasta la extenuación. "A escrita é a vida, e a vida a escrita: ou melhor, a vida é texto" (Colóquio Letras, n062, Julio de 1981).
    Memoria de elefante (1979) transcurre a lo largo de un día y de una noche de crisis existencial de un psiquiatra que, como Lobo, desea en realidad consagrarse a la escritura y que, como Lobo, atraviesa extraviado un páramo yermo de su existencia. El autor ha confesado que inició la escritura de su primera novela aún casado con su primera esposa, Zé, si bien maduró y concluyó cuando el matrimonio ya se había separado y "sí, Memoria de elefante es la historia de esa separación y es un libro en el que se adivina un gran sufrimiento" (María Luisa Blanco, Conversaciones con António Lobo Antunes, Siruela, Madrid, 2001, p. 55), el de quien deambula errático entre lo que pretende y no consigue y lo que consigue pero desprecia. Las contradicciones que atormentan al narrador, tanto al menos como los hallazgos que iluminan la noche oscura del alma, constituyen la sangre que corre por las venas de un texto cuyas virtudes catárticas, como las de Os cus de Judas (En el culo del mundo, 1979) y otros libros primerizos que le liberaban de sus obsesiones, no ha negado nunca su autor.
    Esta opera prima de Lobo inaugura su adicción al monólogo, suerte de alambique por el que fluye el universo interior de un narrador siempre identificado, en última instancia, con su autor. No se trata aún de la escritura desatada y al galope del monólogo que cierra Buenas tardes a las cosas de aquí abajo (2003), homenaje al vómito verbal de Molly Bloom con el que Joyce enmudeció su Ulises, sino de un vehículo para la introspección y la reflexión acerca de su propia existencia, cargada con el fardo de muchas dudas y de demasiados demonios. Las páginas de esta novela valen por el pecio del naufragio existencial de su narrador, obsesionado por su recuerdo de los horrores de la guerra de Angola —a cuyas secuelas morales dedica En el culo del mundo— y vulnerado por el absurdo fracaso de un amor intenso por su esposa, circunstancias ambas que le despiertan la turbia conciencia de estar llevando una vida vacía que va transfiriéndose al texto del relato en forma de paradojas, digresiones, violencia verbal, histrionismo y depresión. Su narrativa no es sino un asidero emocional que jamás oculta las virtudes redentoras de la escritura, y no en vano son sus lecturas de San Juan de la Cruz y de Quevedo las que afloran en muchas de las complacencias líricas en las que se deja caer el narrador, forzado a servirse del lenguaje en segundo grado de la metáfora para alcanzar a escribir acerca de lo inefable, literalmente de lo que no es posible contar. Y en esa lucha por trasmitir lo que lo atenaza, se encuentra ya la ansiedad que el lector acostumbra a descubrir bajo las frases de Tratado de las pasiones del alma (1990), de Esplendor de Portugal (1997), de Exhortación a los cocodrilos (2000).
    Una incansable concatenación de referencias a autores y obras hace las veces de andamiaje al discurso de un narrador renqueante, bisoño aún, que precisa del tejido de citas para impostar su voz y hacerse oír ("pensaba en la composición de un largo poema malísimo inspirado en el Pale Fire de Nabokov, y creía que había en él la amplia fuerza del Claudel de las Grandes Odes templada por la contención de T.S. Eliot: la ausencia de talento es una bendición", p. 98). Como cualquier otro principiante, Lobo Antunes escribe sin atreverse a escribir solo, y convoca a los maestros a una suerte de aquelarre literario.
    Se mueve en coordenadas literarias hasta alcanzar el punto en que las palabras ahogan a las cosas o, lo que es lo mismo, hasta hacer que el referente no sea ya el mundo, sino la literatura: resuelve su enésima parodia del método freudiano acudiendo a la literatura de Proust, "—Mi bisabuelo se mató con dos pistolas al descubrir que tenía cáncer. —Usted no es su bisabuelo —explicó el psicoanalista rascándose el codo—, y ese Guermantes suyo es sólo un Guermantes" (p. 116); el narrador convierte de nuevo en personaje literario a una enajenada vaporosa y esquizofrénica del manicomio: "¿Cuándo fue que me jodí?, se preguntó el psiquiatra mientras Charlotte Brönte proseguía impasible su discurso de Lewis Carroll grandioso" (p. 22); construye comparaciones que no remiten ya al mundo sino a la propia ficción literaria: "se sentía como el coronel de García Márquez, habitado por la soledad sin remedio" (p. 132); no concibe una sola frase que la literatura no haya hecho suya: "un día me compraré un collar de cuentas freak y un juego de pulseras indias y crearé un Katmandú solo para mí, con Rabindranath Tagore y Jack Kerouac jugando a la brisca con el Dalai Lama" (p. 41); juega el narrador a convertirse en personaje, a mitificarse, "tú tranquilo, que después de que yo muera publicarás mis inéditos con un prefacio aclaratorio. Tú serás Max Brod y podrás llamarme en la intimidad de la cama Franz Kafka..." (p. 57). Un dandy americano y un místico español comparten esta frase cuya forma remite a San Juan de la Cruz pero cuyo contenido le guiña un ojo a aquella vida disoluta del padre de Gatsby, "El médico se acordó de una frase de Scott Fitzgerald: en la noche más oscura del alma son siempre las tres de la mañana" (p. 148). Literatura literaturizada. Lobo Antunes escribe todavía de cara a la galería. Provocador, necesita ser brillante a toda costa y a cualquier precio, y engarza muchas de sus frases como quien engarza las cuentas de un abalorio: "pertenecía a la clase de portugueses que transforman los acontecimientos de la vida en una sucesión estremecedora de diminutivos" (p. 71), u "Odié a Dylan Thomas sin que lo supieses siquiera, odié a ese cabrón galés que reventaba los gruesos diques del lenguaje con venteadas frases llenas de campanas y de crines, ese amante de espuma, ese hombre que vivía en una botella de whisky como los barcos de los coleccionistas, ardiendo en su llama de alcohol con dolorosa gracia de fénix" (p. 134), o bien "y así, insignificante Pierrot de un carnaval frustrado, me consumía rápidamente en una llamita portátil de angustia" (p. 136). Su prosa milimetrada, efectista y teatral está aquí lejos todavía de la que, magmática y arrobada, desmenuzada en sintagmas que se suceden hasta la letanía, faulkneriana, elíptica y esencialmente poética, anega sus últimas novelas, Buenas tardes a las cosas de aquí abajo (2003) o Yo he de amar una piedra (2005).
    Lobo perseveró durante años en la redacción de novelas que desbarataba y abandonaba a medio hacer ("cada novela es una nueva toma de conciencia del camino que aún me falta por recorrer y de todo lo que me queda para lograr la novela que yo quiero. Nunca estoy seguro, nunca me quedo satisfecho", Conversaciones..., p. 63), hasta que por fin decidió ahijarse Memoria de elefante y dejar de ser escritor para convertirse en autor.
    Ignominiosa, desaliñada, invertebrada, complacida en su violencia verbal (la palabra soez, el desprecio por el eufemismo) aprendida de Dylan Thomas y de Céline —que fue también médico y también se travistió de narrador, y con cuya novela Viaje al fondo de la noche la narrativa de Lobo Antunes comparte asimismo la sordidez— la prosa de Memoria de elefante ya prefigura el estilo inconfundible del Lobo Antunes posterior, que usa y abusa de la poética de la analogía, pergeñando comparaciones sistemáticas que con frecuencia se sirven de la pintura y que caen casi siempre en la tentación de la grandilocuencia (dulce pájaro de juventud): "con un amor simultáneamente despiadado y fraternal, pureza de cristal de roca, aurora de mayo, bermellón de Velázquez" (p. 26); "tal vez apoyándonos mutuamente lleguemos allí, ciegos de Brueghel tanteando, tú y yo, por este pasillo lleno de los miedos de la infancia y de los lobos que pueblan el insomnio de amenazas" (p. 149). El escritor novel narra su educación sentimental apuntalando sus frases con comparaciones pictóricas, como si remitiese a la imagen del lienzo cuando cree que fracasa el verbo de sus descripciones. De De Chirico a Van Eyck, de la delgadez de Giacometti a "las mujeres de Delvaux, maniquíes de asombro desnudo en estaciones que nadie habita" (p. 12): Ut pictura poesis. Citas, golpes de efecto, psiquiatría, Angola, el discurso irreverente, la vis histriónica, la desgarradora verdad de su literatura: Lobo Antunes antes de Lobo Antunes.
    "Yo pienso que Memoria de elefante es un libro lleno de defectos, como todas las primeras novelas. Ahora, si yo fuera editor lo publicaría. No tanto por lo que el libro es, sino por lo que promete. Es un libro muy ingenuo, pero tiene mucha fuerza. Lo trabajé mucho, tardé un año en hacer el primer capítulo" (Conversaciones..., p. 101). Que lo trabajó mucho lo demuestran las frases espigadas a lo largo de esta reseña, todas ellas épatantes, y basta con leer Exhortación a los cocodrilos (2000), su buque insignia, para constatar que las promesas que menciona se han cumplido con creces. Memoria de elefante es un modelo perfecto de opera prima por su ambición y su deseo de lucimiento, y sobre todo es un aviso del talento que llegaría después. -

  • Memoria de Elefante, de António Lobo Antunes

    por Javier Aparicio Maydeu

Pie de página:

El contenido de esta web pertenece a una persona privada, blog.com.es no es responsable del contenido de esta web.